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Algunas entradas

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viernes, 23 de diciembre de 2011

EL AUTOBÚS






EL AUTOBÚS
















      El brazo del autobús son las calles, las calles confusas de las mil direcciones. Algunas veces todavía salgo a buscar los cinco minutos que ni perdidos ni guardados, pero en el zapato; y me detengo porque por eso se detuvieron ellos acribillando la acera en direcciones mil. Era de noche pero no era la noche, no todavía, todavía no, era el zapato que se abrochaba y dudaba que para eso se paraba para abrocharse.

Cuando miraba atrás a ver cuánto trozo llevaba ya recorrido, pues no quería llegar, no todavía, y después se marchó sin tener ya memoria de aquella calle ni de con quién se encontró cuando casi de noche la recorría siempre, la calle, los descampados, el autobús, otra vez ella, yo otra vez.

Entonces el autobús era lo otro que no es el brazo y de momento allí, como un mueble frío en mitad de la noche. No sé qué pasaría si de repente algo lo calentara, allí viven apretujados los círculos y las pirámides que construí, quizás nunca aparezcan dado que se acabaron las matemáticas, el francés, los garabatos, no tuvo su realidad hasta que varios años después continuó siendo enemigo. Un enemigo es aquel al que se le permite que no nos cuente por donde pasa, él pasa, ¿por dónde?

No se veía, todo era adentro, sentada según qué sitio, y un autobús son luego todos los autobuses con su nº fijo, con su color azul, con su color rojo, con sus sillas marrones volcadas por el revés dando calor al pensamiento que ahora es él definitivo.
















miércoles, 21 de diciembre de 2011

LA PUERTA DE LA CALLE





LA PUERTA DE LA CALLE














      Para ser una puerta, tiene que haber dos lados. ¿Era acaso que yo quisiera desprenderme de uno de ellos? No es fácil, la puerta por fuera, de tan cercana, me parece un fantasma.

¿Cómo es posible que lo de un lado se desdibuje y lo del otro se configure, como una cordillera que hay que alejarse porque de lejos se puede ver?

Me parece ayer mismo, a la primera mirada veo que va a empezar, se siente presa del cuadrilátero de cada uno de los momentos contra los ojos vueltos a la pared en la que se veía cómo pasaban las horas que después eran segundos, eran instantes que no pudieron con su imposible y están pendientes de que los lleve a la calle, la calle entera llena de luz.

Los sueños, entonces fueron los sueños los que cogieron ese relevo y se dedicaron durante años a transitar, desde adelante para detrás, de arriba abajo, del pero sí al casi tampoco, e hicieron tantos jaleos que los dejé achicar.

Borra, mueve, serena, libera o intranquiliza, así fue como me fui olvidando de aquella puerta y de las piedras de mármol de los dos escalones que dividían interior y exterior.





El Cuadrilátero





      Tiene la cualidad de esperar, de entrar en él todo el silencio y no hay testigos. Se viste de solemnidad en cuanto pisas en él, en cuanto se queda a solas, en cuando se van las voces… en cuanto va a llamar, alguien que va a llamar te mantiene esperando y por eso te das largos paseos de la pared al banco, y después del banco a los arcos que, si los atraviesas, entonces ya nadie llama. Otras veces tú llamas y te reciben como si toda la calle llegase contigo, coges la aldaba de la que cuelga tu mano y entonces puedes pasar… y fue ese gesto tan repetido que fulminó los otros.

Voy a apagar las luces ahora para que suene en la puerta lo que estaba anunciado.





El Porche 






      Pertenece a los pasajes en los que salíamos a rondar el castillo; situado en el centro de la mitad, tenía dos alas sobre las que nos deslizábamos abandonando el sonido y el peso del día y de las noches. Podríamos haber sembrado campos  enteros de lluvia ya que era con los ojos cerrados como salía el sol. Por la noche, pasadas las horas densas entre cuadernos y sillas, tal como si se hubiese pintado una lámina temporal, tal como se suponía que se aprendía la física y se planteaban preguntas que no tenían ni solución ni sentido, alguien daba la voz que anunciaba que estaban libres la magia y aquel pasillo. Los jardines eran un círculo en el que se despertaba un lago que no se podía pisar, así que lo bordeábamos dando las mismas vueltas que las que daba la luna. Este claro de luz nos permitía andar por debajo del foso en el que siempre sonaba la melodía de teclas, pies y zapatos, allá en lo alto de la escalera, quedaban los quince años enamorados de su poema.




La Calle 



 

      La calle eran todas las luces de los meses de junio en el bulevar que se alargaban como las piernas para nunca morir.
      La calle eran los azulejos del color del ladrillo de encima de todas las mesas resumidas en una, la calle era todas las calles que desfilaban en una. 
      La calle era al final de la calle cuando llegué en un antes y me despertaron las ventanas tan grandes, las sábanas levantadas y los cepillos guardados en un bolsito todavía temblando.
      Luego crecí como crecen los árboles dando otra forma de ser a los jardines.
      Luego subía escribiendo las páginas en un libro con una trenka de cuadros en la portada y bajaba con otro libro en el que aparecían las páginas por la mitad.
      Luego daba largos paseos queriendo ser los personajes de cuántos libros leí.
      Luego irrumpía de repente en un sueño y le sacaba fotos que se veían desde el jardín. Recuerdo haber escondido varios tesoros y que corría siempre al anochecer a asegurarme de que no los habían robado las horas lentas de la mañana o el ruido extraño, desconocido, deslumbrante, del arco de la calle. Yo no lo puedo ver pero aún sigue allí el cofre con las palabras en cuyo puño entraban  los acertijos

















martes, 20 de diciembre de 2011

EL CUADRO DEL COMEDOR





EL CUADRO DEL COMEDOR













    


      Podría ser uno de tantos escenarios que a veces reaparecen como si fuesen secuencias de una extraña película que en alguna ciudad se rodó y en la que tú tuviste un papel, o quizás era que durante un rato fuiste protagonista o quizás era tuyo el guión; nada los llama a aparecer, ni siquiera es que estén escondidos, su majestad es la extrañeza. 

Pero allí está, disimulado entre el resto de los idénticos trozos que son él mismo, capaz de hacer subir a la superficie cuantos kilómetros y kilómetros de subterráneos ríos haya sido capaz de invisibilizar la tierra. El cuadro de los caballos, si se lo hubiesen llevado de allí, desaparecería la ventana, la ventana y su patio de las seis de la tarde y el sueño del paredón por detrás, enfrente de la pequeña puerta que da la vuelta a los días de la semana.

Si acaso por distracción o capricho a alguien se le antojase sustituir un cuadro tonto de unos caballos por otro mucho mejor, entonces habría que remover todas las mesas y así mismo ya no podría ser que la puerta del medio fuese la de la llave con la que un simple espacio de pocos metros al sol, se convertía por las noches en fortaleza inexpugnable que guardaba en sus aposentos tesoros de incalculable valor, que se podían conquistar recorriéndolo, de puntillas, a través de la oscuridad; cada silla, cada ventana y las sombras negras, eran una enorme explanada que los valientes tenían que sortear para llegar al castillo, que se convertiría en una ruina olvidada si no lograban llegar.
El cuadro de los caballos se había mimetizado con cada plato de arroz, de lentejas o de ensalada, con la barra de pan y con las dos filas de otras ventanas que después, por las noches, eran almenas.

Continuaban su curso las primaveras y los inviernos y el cuadro seguía allí, tan accesorio como la sorda televisión que no paraba nunca de relatar, pero jamás se enteraba de lo que yo pensaba ni tú ni nosotros, como la mercenaria columna en el medio, de punta a punta del comedor.












Dvorar Serenamente for strings op. 22. Tempo Di Valse






APARTE






APARTE






calle de Monte Santo








      Añoro la felicidad. ¡Qué complicado fue construir ésta sencilla frase! Había demasiadas palabras haciendo imposible ese sentido, me pareció un hallazgo valiosísimo aunque ya no me acuerdo a qué imágenes la asocié. La descubrí anoche cuando ya estaba demasiado cansada para volver aquí o a ningún sitio para guardarla pero entendí, mientras me iba sumergiendo en el sueño, que en ella se resumen esos trabajos, todo lo que, de tan absurdo, lo parecía. A veces no se llega a encontrar explicación y el sentimiento deriva durante vidas enteras a la intemperie.
Hay miles, millones de significaciones que se ponen de obstáculo, lo mismo para reir, salta desde el mismísimo centro un algo que no contempla y se va a refugiar en alguna palabra. Otras se desvanece como mercadería y es la fe lo único que se salva.
Añoro la felicidad, contra los plomos y los cascotes; mi ingenuidad sin memoria sostiene el color claro del cielo al anochecer en verano y las siluetas que se formaron en las nubes y que me parecieron documentos de amor tendidos por los caminos. Entonces había caminos, serenos o tenebrosos como la voz; eran nombres que luego, cuando el futuro, habría que recobrar para calzarlos de nuevo cuando los pies anduviesen sin dueño.
Tiene que haber manzanas al ras suelo y mandarinas en la pared, tiene que haber silencio.